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Inicio > Reportajes Absurdos represivos I (Un corazón de tiza en la pared)
«Érase
una niña con una tiza…» Así es como empezaría este cuento que no es
cuento, pero que a algunos les parecería un espléndido inicio para una
aventura fantástica o para una historia de terror. ¡Quién sabe? Sin
embargo es el inicio de una noticia. Una noticia que, después de que su
desarrollo nos muestre cierto sinsentido social, tiene un final…
¿feliz?
Aún
no deja de sorprenderme hasta donde puede llegar la aplicación de
ciertas leyes o normativas a la hora de atajar el ejercicio del
graffiti. Pues en su aplicación se observa una nula existencia de esa
sensibilidad social y clarividencia acerca del concepto del bien común
que debe de estar siempre presente en la aplicación de cualquier ley.
No siempre la ley es justa, aunque se suponga que, al ser esa su
intención y ser cuidadosamente confeccionada por expertos, en su
literalidad está la garantía de ejercer justicia. Esto lo voy a
ejemplificar con una historia con la que me topé hace unas semanas y
que tiene como protagonistas una niña y sus tizas.
En la emblemática Nueva York, tan pionera en el nacimiento del
Graffiti Movement como
de su control por parte de las instancias municipales, Natalie Shea,
una niña de seis años fue multada con 300 dólares en octubre de 2007
por pintar dibujos y palabras con una tiza azul en la calzada de la
calle 10 en Brooklyn. La multa le fue impuesta a la niña por un
inspector del Departamento de Sanidad a instancias de la denuncia
realizada por sus vecinos. Obviamente, la multa se hizo llegar a su
responsable, en este caso la madre, Jen Pepperman, que extrañada y
asociando graffiti con una pieza, no podía llegar a creer que su niña
hubiera hecho un “graffiti”.
Evidentemente,
a nadie se le podía escapar lo «abusivo, excesivo y extremo» de esta
punición. Es tal el celo general en atajar en Europa o América este
supuesto problema de supuesta máxima importancia y de imposible control
que se llegan a ejercer, sin reparo alguno, verdaderas injusticias
legales o insultos a la razón. Tampoco se escapa ese reiterado
encasillamiento del graffiti como una “enfermedad” o “contaminación”,
al ver por medio de esta historia al Departamento de Sanidad, como
responsable municipal, lo que subrayaba el argumento higienista (que ya
he ido refiriendo en otros artículos como una de las más recurrentes y
exitosas estrategias antigraffiti, además de una de las más impropias).
No
obstante, de haberse quedado así la cosa estaríamos ante un absurdo
contundente, pero el sentido común a veces se hace patente de forma
razonable e inexcusable. Aunque se había puesto una multa, también,
visto el caso, se dio la opción de borrar los dibujos y palabras hechos
por la niña en un plazo de 45 días. Ciertamente, esta condena parece
aún mucho más sensata que grabar con una multa un acto de este calibre.
Es más, evidencia que el interés legislativo principal está en la
enmienda del daño y no en la punición del delincuente o el lucro
municipal, dando un margen muy amplio al causante para corregir su mal
hacer. Es un acento importante y no puede pasarse por alto.
Sin
embargo, ni la madre ni el padre limpiaron los graffiti de su pequeña
Natalie. Al ser tiza, según se cuenta, fue la propia lluvia quien acabo
resolviendo el “mal” causado, dando buena prueba de cuan profundo había
sido el daño realizado.
God bless
En
todo caso, hay algo que no se consideró a la hora de evaluar esta
acción inconsciente o que tenía su conciencia puesta en otra dimensión:
los motivos de la niña. Según parece el gesto de la niña tenía por
objeto demostrarles el cariño que Natalie les tenía a sus padres. Por
ejemplo, el motivo principal de los graffiti eran unas flores de color
azul, sin que pueda sospecharse tampoco que se tratase de un logo
publicitario encubierto, que los padres hubiesen inculcado en la
pequeña a sabiendas de la repercusión mediática.
Cuando
se redactaba la noticia, aún la niña no comprendía la dimensión social
de su acto. Dicen que dijo, al ser entrevistada, que «a mi madre le
dieron una multa por graffiti, pero yo nunca usé eso, sólo utilicé
tiza, esto es arte, muy bonito arte». Aquí hay que advertir que ya se
ha ejercido sobre la niña cierta manipulación o perversión en la
percepción de su acto, de la que la madre es también partícipe: pues
distingue el instrumento como caracterizador de la obra-objeto,
oponiendo tiza a spray. No hablemos ya del concepto arte que se baraja.
En verdad, es una buena defensa porque se alía con la visión oficial,
pero forzando la desconexión entre dos tipos de práctica muy
emparentados. Incluso, la madre subrayaba su entidad como una correcta
ciudadana, capaz hasta de enmendar la plana al poder que obra
incorrectamente, sin justificar con ello las acciones condenables y
cuya persecución propició la elaboración de la ley: «Somos buenos
neoyorquinos y siempre cumplimos las leyes y las reglas de la ciudad.
Si la pintura hecha por Natalie es ilegal, entonces tengo malos
pensamientos sobre el alcalde Bloomberg a quien le daré la queja».
En
nuestra sociedad la sobreprotección infantil y la censura de cualquier
tipo de abuso infantil sirvieron para que las instancias públicas
manifestasen o aclarasen sus criterios sobre la legislación
antigraffiti. La portavoz del Departamento de Sanidad, Kathy Dawkins,
al decir que dicha agencia nunca consideraba que, cuando los niños
pintasen con tiza, se tratase de graffiti, estaba declarando que el
principal objetivo de la ley era la acción de los
writers
o los activistas políticos o culturales, por ejemplo, y no de niños o
seres inocentes. Ahora, su “nunca” resulta muy relativo, pues sí se
sancionó este caso, a lo que alegaba dicha portavoz que cuando alguien
denuncia hay que actuar.
También
otro responsable salió matizando el sentido de esta ley. El concejal,
Peter Vallote, quien fue el que introdujo en el año 2005 esta ley por
la que obligaba a los dueños de las propiedades pintadas con graffiti a
limpiarlas, aclaró que esa ley penalizaba los “garabatos” hechos en los
frentes de edificios, residencias y comercios, pero no alcanzaba a los
niños. O sea, que los niños sí pueden hacerlo, aunque la
responsabilidad pase a los padres. Esto es, se sanciona igualmente.
Aunque también la siguiente declaración: «nunca esta ley sometida por
mi tuvo la intención de atacar a quienes pintan con tizas en las
calzadas», podría dar a entender que hasta un adulto no debería ser
multado por hacer eso. Pero vamos, dice que no tuvo la intención, lo
que no quita que se interprete con dicha intención.
No
obstante, es de sentido común que algo que se puede borrar con sólo
pasar el dedo o quitar fácilmente como una pegatina, no merecería el
mismo castigo que una pintada con spray. Igualmente, afinando, no
merecería el mismo castigo una pintada con spray hecha con arte que una
con afán dañino. Qué decir sobre el que los niños hagan cosas de niños,
pero que no las hagan los adultos. Pero ahí la sutileza o sensibilidad
se pierde más en el razonamiento de los legisladores. Por eso el motivo
con que hizo Natalie sus “garabatos” no fue valorado como atenuante, ni
siquiera su edad, pues lo que hizo estaba mal y así fue que lo habrían
pagado los padres, si el cielo no hubiese intervenido.
Obviamente
en todo esto se trata de dejar a los niños a un lado, pero están en
medio de todo, reproduciendo esquemas y, cuando son mayores,
perpetuándolos o devanándose los sesos para seguir rompiéndolos sea el
caso que sea. En este sentido es alentador cierto comentario de la
madre: «La madre de la niña consideró que el dibujo de las flores hecho
por Natalie y dedicado a su progenitora, “es el mejor trabajo de mi
hija” y aseguró que muy pronto su vástago volverá a hacerlo con más
ahínco.» Demoledor testimonio. Sin duda, la madre observaba el elemento
sentimental y la rebeldía como dignos en la construcción de la
personalidad de su hija y pruebas de su amor hacia sus padres,
inconsciente de que podría estar criando y alentando a una futura
writer.
Menos mal que, para estos casos, ya están los poderes públicos para
corregir estos defectos paternalistas y socializar “correctamente” a
las ovejitas descarriadas.
God bless
Evidentemente,
también se observa que un punto importante en esto es la ubicación del
graffiti: las fachadas de edificios, residencias y comercios. Pero, ¿es
esto tan crucial? Yo he sido testigo de cómo en la ciudad de Venecia se
permite pintar a los niños con tiza en el pavimento de las plazas. ¿Qué
daño pueden ocasionar con eso al patrimonio histórico? ¿Qué medios
tienen de esparcimiento los niños en una ciudad histórica como
Venecia, con escasas áreas infantiles, pero una cantidad inmensa de
espacios que despiertan la imaginación? ¿No es acaso una forma de
humanizar algo que ya se parece más a un parque temático que a una
ciudad viva? ¿Acaso sería malo pintar en sus muros con tiza, mientras
la subida del mar amenaza la ciudad?
También
se depositan capas de contaminantes o residuos químicos sobre los
monumentos y no he visto a nadie que multe o les haga limpiarlo a un
conductor o a un empresario por hacerlo ante la denuncia de sus
vecinos, aunque sí les hagan pagar, más o menos explicitamente, algún
canon para la protección ambiental que en ningún caso les hace sentirse
culpables, sino exculpados de cualquier responsabilidad. Será porque
"no se vé" la contaminación o como su huella suele ser negra o gris, en
vez de azul o de colorines, se camufla bastante bien. Sólo he visto que
se castigue con rigor a las palomas por sus excrecencias,
esterilizándolas y otras prácticas de justicia medieval. Si pagasen
algún impuesto o generasen algún rendimiento económico más allá de la
venta de piensos, a lo mejor otro gayo las cantaría.
Pero
volvamos a Nueva York. ¿No sería bueno ver niños pintando con tiza en
las calles de Brooklyn o El Bronx? ¿Se les dejaría pintar sólo en las
calzadas o las plazas de al menos
Manhattan
?
¿El ver esos dibujos o palabras podría ser una prueba de que la calle
no es, fue o será ya un lugar tan malo? ¿Podrían ser signos del
advenimiento de una oleada de anticristos? No sé, pero siempre tendré
el temor de que llegue un día en que no haya niños en las calles,
asustados sus padres porque en las calles no crezcan flores ni con
tiza, a menos que se sujeten a la regulación oficial, paguen una tasa o
se vendan o vendan algo.
¡Cómo me gusta soñar con flores, cuando huelo el asfalto! ¡Sentir palabras generosas, cuando leo interesados
slogans! ¡Mirar en los ojos de la gente, sin chocar con los muros del silencio!
Fernando Figueroa
Doctor en Historia del Arte
Noviembre, 2007
Publicado :2007-10-31
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