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Usualmente en la valoración de cualquier profesional tienen mucho que ver sus cualidades y su calidad personal. Igualmente, su relevancia pública hace que su aprecio se refleje en la valoración social de sus actividades. Pasa con la política, con la atención sanitaria, con el arte en general, incluso con las reparaciones o reformas domésticas… También pasa con el mismo graffiti y, como suele ser, en dos direcciones como poco: en su círculo interno y en su dimensión como fenómeno social. Así influye en la opinión pública o en la sanción oficial por los poderes públicos.
El tránsito
del año 2007 al 2008 nos sorprendió con la noticia de que un chaval de
20 años, el menor de una familia extranjera en Italia, había provocado
que un representante municipal de una de las grandes capitales
europeas, Milán, reaccionase con una sonada declaración a favor del
graffiti. En concreto y entrando en los detalles de este caso, la
acción de este chico fue celebrada por el Concejal de Cultura del
Comune di Milano, el crítico de arte, Vittorio Sgarbi en un medio tan
relevante como es el diario,
Corriere della Sera. Todo a partir del eco que dio a su acción otro medio periodístico, la revista
Novella 2000.
A
veces pasan cosas así. La categoría extraordinaria de un individuo o
una significativa y específica acción puede desencadenar la aprobación,
el ensalzamiento o la redención de una actividad insignificante,
humilde, marginal o indigna de un modo sorprendente. ¿Qué sería de los
carpinteros sin el esforzado gesto del viejo José por casarse con una
chiquilla preñada o de los pastores sin el heroísmo del joven David
enfrentado al gigante filisteo de Goliat? ¡Qué bravo, épico y poético,
se veía dedicarse al reciclaje chatarrero en un Londres devastado por
Pero claro,
qué tipo de cualidades o de qué tipo de persona estamos hablando.
¡Agárrense los machos! Un estudiante de la prestigiosa
Università
Commerciale Luigi Bocconi de Milán, emparentado con una de las
dinastías de monarcas más antiguas de Europa, los Grimaldi. Sí, el hijo
pequeño de la princesa Carolina de Mónaco, Pierre Casiraghi, que una
noche salió ha pintar, aerosol en mano, un retrato o autorretrato (no
queda claro) en las paredes de
Evidentemente, la revista
Novella 2000
es una representante de la prensa del corazón y el eco mediático se
debe en mucho a la acción de algún paparazzo. Las fotos no dejan dudas
ni de la autoría majestuosa del graffiti ni de la fresca creatividad
del chaval y su actitud irreverente.
Aún así, el señor Sgarbi no pudo por menos que dedicarle una frase ingeniosa de halago:
con l'ingresso di Casiraghi il movimento è passato dalle stalle alle stelle.
[Con el ingreso de Casiraghi en el movimiento éste ha pasado de las cuadras a las estrellas]
.
Para este señor, poeta municipal al caso, su acto ha supuesto una revolución que ha hecho época.
¡Cómo
está el mundo! Pero quizás Sgarbi no esté tan desencaminado.
Aparentemente el comentario parece un exceso, hasta una ofensa para
aquellos que se curran día a día, muro a muro, la pervivencia del
Graffiti. Pero, si en su día ya resultó todo un acontecimiento que los
nobles aceptasen ganarse el pan con el trabajo y no nutrirse en
exclusiva de las rentas y prebendas producidas por sus siervos, incluso
que se dignasen a mancharse las manos practicando la pintura u otras
artes manuales, qué decir de lo importante que resulta, históricamente
hablando, que este “
enfant terrible”, “malcriado” y
“bien nacido”, le haya dado por pillar un bote y pintar sobre un muro
lo qué sea. Sin duda, el graffiti es una de las acciones más
fashionmente plebeyas que existen hoy por hoy y, aunque Pierre hubiera
pretendido simplemente hacer una extravagancia, su acción se reviste de
un hacer revolucionario.
Está
en su derecho. Es su libertad. Ahora, eso sí, no podemos por menos que
sentir que el comentario recibido, la gracia regalada, viniendo de
quien viene, un representante público, suene a privilegio, cuando otros
con más méritos reales reciben tan mal pago a su vocación. ¿Dónde está
la multa? ¿Le van a hacer borrarlo? ¿Se le aplica la inmunidad
diplomática? Si es así, ciertamente se trata de un beneficio, no de un
privilegio. Pero verdaderamente en su acto no puede evitarse sentir la
sombra de la injusticia del mundo, incluida sobre su persona, condenada
a ser objeto de seguimiento y mofa.
Por otra parte, la acción de Pierre también puede verse como un síntoma de la repercusión y ascenso cultural que adquiere el
Graffiti Movement. Decimos que el Graffiti es plebeyo, pero tiene cierta clase o
glamour que
le hace merecedor al menos del interés de alguno de los hijos de la más
alta alcurnia. Aunque también, desde otra perspectiva, es una prueba
más de la decadencia de la aristocracia, teniendo en los Grimaldi y el
Principado de Mónaco, sede de uno de los casinos más antiguos en
Monte-Carlo (1863), del Grand Prix de automovilismo de Mónaco (1929) o
de un Festival Internacional de Circo (1974), el paradigma de la
degeneración de los vestigios del Antiguo Régimen.
Para
ir cerrando estas reflexiones y para ilustrar la lucidez de Pierre
Casiraghi y no dejarle retratado como un niñato caprichoso que obra sin
argumentos, reproduciré un comentario del propio joven ante el tema de
su repercusión mediática. Con éste, no deja duda de su visión sobre la
coherencia ética de los medios y la opinión pública italiana, al estilo
del están-locos-estos-romanos de Obélix, con un contundente e
irrespetuoso:
Siete un popolo pazzesco
[Sois un pueblo de chalados].
Hay otro
detalle de toda esta historia que no quisiera desaprovechar y que no
deja de golpear en mi porción de inconsciente colectivo. En la prensa
se destacaba que Pierre Casiraghi actuaba encapuchado. No sería
extraño, pero quizás no sea sólo por la clandestinidad del
acontecimiento, sino también por una especial tradición familiar que
garantizó la fortuna de los Grimaldi desde los tiempos medievales. El 8
de enero de 1297, el genovés Francisco Grimaldi (que pasará a la
historia como Francisco I el Malicioso o el Astuto) y sus hombres,
disfrazados de monjes franciscanos arrebataban en nombre del Papa la
fortaleza de
Siempre al delincuente le queda esperar
Ahora nos toca contemplar a un Grimaldi, vestido de
writer,
asaltando las portadas, cabeceras o mentideros mediáticos, pero no lo
hace en nombre del Graffiti. Ese es un matiz muy importante y que ni el
mismo Vittorio Sgarbi parece haber caído en cuenta en sus loas. Pero
siempre se está a tiempo. Todo depende de la persistencia y coherencia
o la fugacidad y frivolidad con que el joven Pierre emprenda esta
aventura.
Fernando Figueroa
http://www.myspace.com/micromocosmos Enero, 2008 Publicado :2008-01-08
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