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Graffiti y suciedad

En plena consolidación institucional de la conciencia ecológica, numerosas son las campañas de limpieza o políticas antigraffiti municipales que argumentan a su favor que el Graffiti representa un perjuicio contra el medio ambiente. Su calificativo como “contaminación visual” es, no obstante, un absurdo que manifiesta una flagrante contradicción. Incluso, refleja la perversión de conceptos como “contaminación” o “salud pública” en el diseño de una imagen positiva de la represión contra el Graffiti.

 

Es por ello que hay que preguntarse qué es la suciedad o la higiene, para acertar a ver en qué grado se están manipulando algunos conceptos a la hora de perseguir la práctica del Graffiti. No olvidemos que en la historia el término higiene se ha tergiversado con fines de control o dominio, ocultando lo que en verdad se trata de censura o persecución de la disidencia. Recordemos, por ejemplo, aquel Comité de Salud Pública en manos de los jacobinos franceses en el fragor de la Revolución francesa o las acciones de limpieza contra las "degeneraciones culturales" por el Nazismo entre otras iniciativas "purgantes".

 

Respecto a la suciedad se entiende aquello que mancilla la superficie de un objeto o persona, física o moralmente. En este caso, llamar suciedad a una pintura es una verdadera impertinencia, a menos que su contenido sea reprobable moralmente, con lo subjetivo que puede ser esto. En ese caso, se puede entender algún tipo de acción puntual que limpie lo que sea evidente e insultantemente "sucio". Incluso, en el caso de la falta de calidad, el propio Graffiti considera su desaparición por la acción cubriente de otro escritor más eficiente, que estaría legitimado por el sentido común para ello.

 

Pero no parece ir por ahí el objetivo de estas acciones ni de esta alerta contaminante, pues las acciones de limpieza son indiscriminadas. No reparan en "escuchar" y "comprender" lo que se tiene delante, estirpando lo que de verdad fuese reprobable o indigno de ser lucido públicamente. Aunque a veces lo que no se entiende se interpreta como ofensivo, por si acaso; o lo que se quiere combatir   se interpreta cómo mejor interesa.

 

Este ataque por lo común se centra en lo ofensivo de la cubrición de sitios no previstos para ser pintados libremente. De todos modos, en el plano físico, cualquier cosa en el campo gráfico que no sea una mancha o un tiznazo de materia queda fuera de valorarse como suciedad por más que se mire. Es más bien algo falto de calidad, indebido o provocador. Incluso, el rayajo no sería propiamente suciedad, sino deterioro, cicatrices de la vida.

 

Respecto a la higiene, es un término que se dirige a aquella ciencia médica destinada a la conservación de la salud. Su objetivo es mantener el correcto funcionamiento de un organismo, velando por la armonía en la relación del hombre y el medio en que vive. Con eso, se evita que existan circunstancias nocivas que puedan eventualmente estar presentes en dicho medio. Es, sobre todo, prevención, y en este sentido limpiar manchas inorgánicas, como las de pintura, no supone un acto demasiado heroico en la lucha contra las bacterias.

 

De este modo, al convertir la eliminación del Graffiti en un objetivo de la higiene pública, se está declarando que representa una agresión física o mental contra el hombre. Es más, estima al hombre y no al medio como fuente de enfermedad. Cómo si se tratasen ciertos individuos de células degeneradas que atacan a su propio organismo.

 

También, desviaría el objetivo de la higiene al combate de la enfermedad y no a su prevención en la aparición o el agravamiento. Pues la higiene no se ocupa de los síntomas, sino de la raíz del mal. Para ser coherentes, el afán higienista de los poderes públicos debería más exactamente enfocarse, en todo caso, hacia el combate de aquellas circunstancias que provocan el desbordado desarrollo del Graffiti y no hacia el Graffiti en sí mismo.

 

Por otro lado, se desdeña por las mentes rectoras el valorar el Graffiti como un posible medio o reacción contra la hostilidad generada por el medio. Un mecanismo más de defensa. Pues también puede verse como un remedio y no tanto como un mal. O sea, unos ven el Graffiti como una erupción infecciosa o una tumoración, mientras otros podrían interpretarla como una segregación defensiva o una costra, señal de alerta sobre una disfunción o anuncio de la superación y victoria sobre la infección. Los escritores en tal caso serían células defensivas, algo desmadradas, pero leucocitos al fin y al cabo.

 

Quizás sea algo pretencioso querer fijar como dogma la inmaculada concepción del Graffiti, pues mentes enfermas hay –como vemos- en muchos lados; pero es evidente que no se trata de un acto que desestabilice el medio ambiente natural ni ese pseudomedio ambiente urbano que nos acoge y a ratos protege u oprime. Particularmente, yo me decanto por entenderlo como una solución generada por ese organismo colectivo del que formamos parte uno a uno y que construimos y definimos entre todos. Su gestación originaria en espacios como el desasistido gueto neoyorquino y por mentes frescas en la efervescencia adolescente parece ir en ese sentido.

 

Así, el Graffiti podría verse como la puesta en marcha de modo consciente de mecanismos espontáneos de defensa ante un incorrecto o ineficaz funcionamiento de nuestro organismo. En el que el “cerebro” no parece entender ni saber resolver cierto desajuste que a corto y largo plazo genera disfunción, infelicidad, conflicto y autodestrucción. Algo que no debe ser temido, mientras exista capacidad de regeneración de los tejidos.

 

Finalmente, dejándonos de símiles y metáforas, la única diferencia entre que un graffiti, sea cual sea, sea calificado de contaminación, frente a un anuncio publicitario o un rótulo luminoso, por ejemplo, radica en su sujeción a un ordenamiento o una reglamentación oficial. Una sujeción a menudo ligada al pago de algún tipo de tasa o licencia. Si no, es difícil entender por qué un tag es contaminación visual mientras en una estación del suburbano te bombardean por suelo, paredes o techo con estímulos visuales informativos o publicitarios, supuestamente no sólo inocuos, sino incluso declarados beneficiosos o de interés público.

 

Ese es el quid de la cuestión: sujetarse al orden establecido. Se ataca al Graffiti como representación del Caos, sea o no sea caos. Pues sabemos que tiene sus modos básicos de autorregulación y su lógica humana o porción de sentido común.

 

La limpieza como un acto público de reafirmación del poder instituido como único medio de organización e intermediación. Un marcaje del territorio, de sus competencias y de sus cotas de poder, que no se debe osar cuestionar sin recibir un espasmo muscular.

 

También, se puede concluir que la única justificación a esta confusión o malversación conceptual por parte de los poderes públicos es generalmente o la ignorancia de qué es el graffiti, o el maquiavelismo a la hora de atajar su presencia, desde su contemplación como algo opuesto a la manera de hacer las cosas desde la ideología oficial, que construye nuestro modelo de sociedad desde aspectos como el modo en que hemos de relacionarnos entre nosotros, pasando por la mediación de las instituciones, o cómo hay que concebir físicamente el espacio urbano.

 

Fernando Figueroa

Doctor en Historia del Arte

Abril, 2007

 

Publicado :2007-04-19

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