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No se puede negar que hoy en día el Graffiti se ha convertido en una seña más de la ciudad contemporánea. Su contundente presencia en el paisaje urbano y su prolífico desarrollo hacen que pueda y deba tomarse en cuenta a la hora de describir las características peculiares de una determinada ciudad, tanto en su vertiente paisajista como humana. Así pues, este fenómeno no ha podido pasar desapercibido por aquellos que se ocupan en resaltar aquellas características que hacen interesante una urbe o un determinado barrio, cara a ofrecerlo como un destino turístico.
Del mismo modo cómo sucedía en la literatura de viajes nacida con la modernidad y el expansionismo europeo, en la que se describían las maravillas y curiosidades de ciudades exóticas a ojos de los viajeros o aventureros, en el momento actual encontramos que se confeccionan guías turísticas que incluyen entre sus contenidos el tema del Graffiti. Aunque en ocasiones no se trate más que de un aspecto accesorio y se planteen de un modo superficial, sí se aprecia su uso como un valor añadido en la confección de un sugestivo reclamo para la arribada de turistas. Un aspecto que aporta modernidad underground o criminalidad con estilo y categoría a la imagen que se construye de una ciudad en particular. Además, trata de configurar en la mente de un potencial visitante el interés por confirmar con su visita las lindezas que se le cuentan o anuncian.
Veamos ahora, algunos ejemplos de esta tendencia:
En 2002 el Ayuntamiento de Granada (España) editaba un plano de la ciudad donde se señalaban aquellos puntos por donde se distribuían las piezas más significativas en aquellas fechas del escritor Sex, el Niño de las Pinturas. De este modo, el interesado podía recorrer una determinada ruta turística, jalonada con una quincena de murales.
La importancia de esta experiencia radicaba en varias cosas. Por ejemplo que, en primer lugar, se establecía la vinculación del Graffiti con el turismo cultural, entrando en la categoría de arte a ojos de una instancia pública, en concreto municipal. Segundo que se vinculaba la figura de un escritor con la imagen oficial de una ciudad, lo que en su día manifestó una evidente contradicción entre el reconocimiento público del escritor granadino Sex y su persecución policial. Tercero que, aunque sea de un modo aún superficial, el Graffiti se ha establecido como un innegable aspecto que configura el espacio urbano y al que no se puede ya estar sordo o ciego, dado su desarrollo. Cuarto, que dicho potencial se resalta por aquellos que exploran las posibilidades económicas de su reivindicación como cultura. Esto es algo que hay que asumir, guste o no guste, pues en ningún caso se puede establecer la interpretación de este tipo de actos como una ratificación de postulados ideológicos o de modos alternativos de entender la participación ciudadana.
Este aspecto quizás nos pueda resultar irritante, pero es evidente que es un signo de nuestros tiempos. El Museo del Louvre, el Museo del Prado o el MOMA de Nueva York también adquieren ese peso económico, en tanto y cuanto se considera la cultura como un producto de consuma más y se reduce la cuantificación de la rentabilidad de la existencia de los bienes culturales a su capacidad de generar un positivo volumen de negocio específico y en su área urbana circundante.
No obstante, no hay que ser tan “apocalíptico”. En ocasiones sí podemos considerar la posibilidad de un ejercicio de reivindicación social por parte de gente ajena a la cultura del Graffiti. La cultura, sobre todo en su vertiente libre, aún proyecta una fuerza vital innegable en la renovación y transformación social.
Por ejemplo, en el 2006 se realizó el Mappa del Writing a Napoli, dentro de un proyecto de planos temáticos sobre Nápoles, ideado por Diego Lama y Mirella Armiero, y con el diseño gráfico de Matteo Tranchesi. En dicho plano se indicaban la ubicación de halls of fame o de diversos muros relevantes, y se acompañaba de un editorial con el que se introducía al viajero en la historia general y local y la cultura del Writing. Evidentemente, la consideración de este plano temático representaba una llamada de atención sobre aspectos a menudos dejados de lado, pese a su evidente presencia y continuidad en la cotidianidad.
Posiblemente una ciudad como Nápoles, con un indudable valor como conjunto histórico-artístico, pero también con una especial aureola vinculada con la imagen del caos urbano y la delincuencia, hacen que el Graffiti adquiera un valor también especial. Una especie de cariz regenerador o simpático contrapunto desdramatizador en un contexto como el italiano, donde la monumentalidad del pasado o las rancias estructuras se encuentran a menudo de bruces con el impulso de la modernidad o la ensoñación utópica.
Por otra parte y para concluir, el graffiti también se ha convertido en un caracterizador de espacios netamente vinculados con el turismo. Más allá de los locales de ocio, me refiero en concreto a la ambientación de edificios específicos, destinados al turista, como los hostales destinados al turismo juvenil o alternativo. Por ejemplo, en Barcelona se inauguró en 2006 el Graffiti Hostel, cuyas habitaciones reciben el nombre de ciudades internacionales (Nueva York, Berlín, Roma, París o Londres), en un guiño al cariz cosmopolita de sus clientes. Este hostel, más allá de constituir una original maniobra comercial, implica observarlo como un signo más de confirmación de la absorción cultural que ha sufrido el Graffiti en su aspecto estilístico y en su vinculación con ciertos valores culturales, especialmente en lo referente con el mercado de consumo juvenil.
En definitiva, si en su día el Graffiti se constituía en un medio que facilitaba por medio del intercambio el turismo de los escritores del mundo o de aquellos amantes del graffiti, coleccionistas y divulgadores de imágenes; hoy por hoy aumenta dicho potencial con su aprovechamiento como objeto de interés turístico general.
En
este momento pienso en por qué ese ansia del ciudadano corriente por
obtener nuevos descubrimientos le hace soñar con coloristas paraísos
lejanos, mientras se inhibe de mirar con atención y sensibilidad los
muros de su propio barrio. Posiblemente esperemos el impacto de fuera,
cuando puede nacer de nosotros mismos. Quizás el trazo de tiza de una
niña sobre el suelo de una plazoleta de Venecia pueda decirnos lo mismo
que la pieza rodante de un
writer en El Bronx o la obra de un artista urbano en los muros de las catacumbas de París: Déjame hacer, aprender y conocerme.
Fernando Figueroa
Doctor en Historia del Arte
Julio, 2007
Publicado :2007-07-27
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