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La calle como espacio extraoficial de comunicación y expresión estética
El adoquín puede contemplarse como un
testimonio de primitividad, una proyección de la tosquedad originaria
del hombre o un recuerdo de la brutalidad humana. Pero, a la vez es por
encima de todo un símbolo de la civilización, del progreso asociado en
Occidente a la revolución urbana. No obstante, la asociación más común
que realizamos con el adoquín proviene de las convulsiones sociales que
van desde las revoluciones liberales del siglo XIX hasta el antiburgués
Mayo francés del 68.
La calle, la barricada, el adoquín conformaban y
conforman una triada visual inquietante, no exenta de romanticismo pero
en absoluto nada halagüeña. Ésta nos advierte de la fragilidad de los
constructos humanos y de la ilusoria percepción de progreso de la
dinámica humana. Por tanto, la liberación del adoquín es un síntoma del
malestar ciudadano y la prueba de que la sociedad actual se levanta
sobre cadáveres petrificados. El recurso de profanar el pavimento de
nuestras ciudades, aparte de un símbolo de la negación de las bases
sobre las que se edifica, es una prueba de que los cauces
convencionales de manifestación no satisfacen a este ciudadano
rebelado. Un ciudadano que tanto protesta por una situación determinada
como por no permitírsele usar de los mecanismos de escucha ofertados
desde el sistema. De este modo, el adoquín pasa de ser un emblema de la
comunicación entre los hombres a serlo de la incomunicación social, de
la imperancia dominante de la sociedad tecnocrática que acalla la voz
individual y uniformiza la colectiva. Y es que cuando los medios de
comunicación institucionales, al servicio de la ideología oficial que
sustenta al sistema de dominio que reprime el libre desarrollo y
expresión del ciudadano, no resultan accesibles a una ciudadanía que
desea manifestarse, a menudo cuestionando su capacidad de satisfacción
y su discurso "democrático", ésta ha de echarse a la calle para hacerse
oír, como mandan las viejas pautas tradicionales de conducta de nuestra
cultura, por encima de la vigencia de tal o cual régimen político. Por
ello, no nos ha de extrañar tampoco el deseo por parte de los poderes
públicos de controlar la calle en todas sus dimensiones.
Por otra parte, en torno al 68 se observa una nueva actitud ciudadana y
una alteración de las tradicionales formas de manifestación. Se muestra
lo que Paul Goodman reclamó a través de sus novelas y que Dorfles
denominaría "reconquista de la calle como escenario"1 e, incluso, se
plantea -como puntualiza Frank Popper2- la conquista del nuevo espacio
suburbano. Esto es, se reivindica por la ciudadanía una "vida de calle"
que se ha ido relegando paulatinamente con la civilización, víctima de
una auténtica institucionalización de su manifestación espontánea y que
parece condenarse a su virtualización bajo el imperio
tecnológico-industrial, donde parece que el destino del ciudadano es su
reclusión doméstica. Se reclama el derecho de uso del espacio público,
una vida callejera en la que pueda establecerse un intercambio
comunitario en unos términos humanizados, que incluya acciones
rituales, teatrales, festivas, lúdicas, etc. sin mediaciones
interesadas o alienantes. Esta reacción popular, focalizada y hasta
polarizada en el activismo juvenil, va a tener eco en los ámbitos
artísticos, pero lo que le da una sólida entidad como fenómeno social y
estético, es más, como contracultura es la iniciativa surgida desde los
sectores ciudadanos no vinculados con lo correctamente artístico.
Así, la calle se configura como ese espacio extraoficial de
comunicación, aunque no sea el único espacio público que adquiera ese
valor alternativo como cauce de expresión. En palabras de Baudrillard,
"la calle es (...) la forma alternativa y subversiva de los medios de
comunicación de masas"3, allí donde el intercambio inmediato hace que
la distancia jerárquica entre emisor y receptor se transforme en un
interés y responsabilidad mutuos por el diálogo espontáneo, superándose
la incomunicación o la intervención fingida de unos mass-media banales
y banalizadores. No obstante, las actividades discursivas de la calle
no son inmunes a las estrategias de control institucional y su
potencial contestario es relativo o, mejor dicho, inconstante.
Dentro de este cauce y de esta tendencia el ciudadano va a desarrollar
toda una serie de mecanismos para hacerse oír en esta sociedad del
espectáculo, desde la iniciativa personal o la acción colectiva. Se
desarrollarán multitud de performances "amateurs" para expresar su
opinión o visión de la realidad o su estado de ánimo desde el
planteamiento de nuevas estrategias comunicativas, que en ocasiones
contemplan rupturistamente el abandono de la destrucción, de la
agresión física o el enfrentamiento humano bilateral, tradicionales en
la cultura occidental, buscándose fórmulas -como diría Norman Brown-
"no-políticas", más próximas a lo festivo, lo carnavalesco o lo
dramático desde una perspectiva pacifista.
Entre estas experiencias y experimentos, destaca la recurrencia
novedosa de un medio frente a cualquier otro por su espontaneidad e
inmediatez y el peso de su presencia histórica en el panorama urbano:
el graffiti. Un fenómeno lingüístico, ligado inseparablemente a los
procesos de oficialización del lenguaje y estrechamente al desarrollo
urbano y la alfabetización general de la sociedad, que se manifiesta a
través de una desbordante sucesión de tipologías. Un medio, una
experiencia que participa de ese shock benjaminiano4: ese residuo
restante de la creatividad del arte que nos queda en la época de la
comunicación generalizada, en la modernidad tardía5. Un exponente
excepcional de la oscilación y el desarraigo humano y de la búsqueda
imperiosa de una salida al atolladero contemporáneo en que se debate el
hombre moderno.
2. El graffiti (el aerosol)
El graffiti es un fenómeno que ha de estudiarse desde un enfoque
integral y no desde una visión integrista, sesgada y parcial, que lo
distorsiona y empobrece. Tras los distintos vaivenes históricos, viene
a definirse hoy por hoy como:
1) Un medio de expresión y comunicación no institucional.
2) Se realiza manualmente, con auxilio o no de instrumentos, directa o
indirectamente, sobre un soporte estable o inestable, fijo, portátil o
móvil.
3) Puede presentar un carácter lúdico, ritual, informativo o ideológico de modo independiente o de forma combinada.
4) Su usuario incurre conscientemente en la indecorosidad o la ilegalidad, en una actuación fundamentalmente transgresiva.
Aunque el uso de la palabreja (muy posterior a la existencia del
fenómeno) aparezca en la Italia del siglo XVII, es con las
publicaciones de Raffaele Garrucci a mediados del XIX cuando se divulga
en los ambientes académicos internacionales. Su definición ha sufrido
fluctuaciones al hilo de la comprensión y la evolución y expansión del
fenómeno graffiti, conforme a la dinámica histórica, actualizándose
continuamente y trascendiendo su primitivo ámbito epigráfico. El
traspaso masivo de este cultismo al habla coloquial acaece con la
polémica periodística en los años 70 en las páginas del New York Times
entre periodistas, políticos, artistas, intelectuales y ciudadanos
suscitada acerca de las andanzas de ciertos chavales de gueto de NYC.
Nadie podía suponer que la propuesta estética que iba a formularse
entre la juventud afro-puertorriqueña de los suburbios de Philadelphia
y New York a finales de los 60 y principios de los 70 desencadenaría el
más esplendoroso episodio en la historia de este medio en sus más de
2.500 años de existencia, con una propagación mundial de su especial
manera de entender y emplear el medio de la mano la subcultura Hip Hop
que barrería el planeta en los años 80. Éxito que ha llegado a
confundir y exclusivizar este término como patrimonio léxico e,
incluso, conceptual de la subcultura Hip Hop, estimándose desde un
enfoque reduccionista como graffiti sólo lo que se da dentro de sus
coordenadas estéticas. No obstante, la espléndida "estrategia de venta"
de esta propuesta y su previsible y subsidiario eco desnaturalizado en
el ecosistema artístico de las galerías y de las ferias internacionales
de arte y su proyección comercializada y a través de los medios de
comunicación de masas no logran falsear ni la verdadera entidad del
fenómeno ni la historia del término ni oculta que ya entre los años 50
y 60 el término graffiti se encontraba en Europa ampliamente divulgado
en Italia y Francia a niveles populares, como demuestra la literatura
coetánea sobre el Mayo francés del 68.
No obstante, habría que advertir que la exacerbación del graffiti como
medio popular de expresión o de protesta en el espacio público, es una
exigencia propia de la presente cultura de masas y un producto del
desarrollo tecnológico-industrial y, por tanto, el caso newyorkino,
pese a su despegue y expansión, no es ni la pionera ni la única
tendencia en el paisaje grafitero contemporáneo, aunque su afortunada
presencia nos lo parezca. Más allá de la recurrente e inexacta
partición asentada entre los estudiosos entre los llamados graffiti
americano (cuyo mayor exponente sería el caso newyorkino) y graffiti
europeo (cuyo más ejemplar representante son las pintadas realizadas
durante las movilizaciones estudiantiles de los 60 de Berkeley o el
Mayo francés del 68, ampliamente difundidas e imitadas en otros
contextos europeos); existen, entre otros endemismos, lo que pueden
calificarse de escuelas autóctonas. Planteamientos sub o
contraculturales más o menos a caballo entre el peso de la expresión
plástica y el iconismo del primero y el peso de lo argumental o
conceptual del segundo, que van más allá del graffiti tradicional
anterior a mediados de nuestro siglo y que no se circunscriben en las
directrices específicas del Hip Hop Graffiti, respecto a cuya irrupción
son anteriores en sus escenas locales. Algunos exponentes de estas
tendencias autóctonas en Europa serían la escuela francesa (que aúna la
tradición del 68 con ciertas formas de arte conceptual por medio sobre
todo del serigraffiti) o la española (emparejada con lo rockero, la
nueva ola o el movimiento punk) o en América la argentina o la chicana.
Incluso, para completar esta visión de conjunto hay que observar la
existencia de una paulatina y sutil interinfluencia cada vez más
notable entre tipologías antes muy diferenciadas y de la formulación de
soluciones mixtas. De este modo, quizás habría que replantearse algunas
etiquetas como la de Graffiti Move, empleada comúnmente para la
expansión del graffiti newyorkino y el Hip Hop Graffiti, al menos en su
aplicación europea. En cualquier caso, desde una necesidad de
ampliación, cara a acoger no sólo a una tendencia o una serie de
tendencias afines localizadas, sino a toda esa oleada de propuestas que
responden en el fondo a motivaciones semejantes de reivindicación de la
individualidad desde la iniciativa personal o de la entidad de ciertos
colectivos menores no identificados con el sistema establecido. Habrá
que dar tiempo al tiempo antes de hacer declaraciones concluyentes a
este respecto.
Así pues, se nos abre ante nosotros un fascinante mundo que gracias a
un desarrollo inusual, cuantitativo y cualitativo, o a su traspaso de
lo estrictamente ideológico a adoptar un fuerte acento de cotidianidad
ha llamado la atención de unos pocos estudiosos, sensibles a su entorno
inmediato, y, claro está, del ciudadano de a pie. Medio al que se le
abre un fantástico horizonte de expansión y un verdadero trance con los
nuevos soportes tecnológicos y las nuevas plataformas de comunicación.
No obstante, la gente y los medios de comunicación proyectan sobre este
fenómeno más oscuros prejuicios que claridad. También, a menudo se
ignora que todos llevamos un escritor de graffiti dentro de nosotros.
Verdaderamente todos hemos hecho graffiti (en el hogar, la escuela, la
calle...), aunque no lo recordemos o no fuésemos conscientes de ello.
Aunque cierto es que hay distintos tipos y categorías de grafiteros y
de escritores de graffiti y muy diferentes maneras de concebir y vivir
el acto grafitero.
No todo el graffiti representa una actitud contracultural, pese a su
componente de indecorosidad o ilegalidad. En algunos casos, puede hasta
contemplarse como un excelente medio de socialización. De este modo, el
graffiti, como medio permeable, no está exento de la reproducción o la
perpetuación de los patrones culturales de unos modelos sociales que en
principio critica o condena con su protesta. Por otra parte, la
envergadura del fenómeno graffiti y en especial su abrumador desarrollo
de manos del Hip Hop (hasta el punto de confundirse graffiti con Hip
Hop tanto dentro como fuera del Hip Hop) podría también contraer su
inevitable institucionalización. Sería el costo de llamar la atención,
el pago por su éxito, en buena parte acallado en su repercusión
mediante el silencio o la contrainformación de los mass media.
Obviamente, se ha observado el diseño de una serie de medidas de
integración que, pese a su talante conciliador y a distinguirse en la
concepción del fenómeno de las estrategias tradicionales represivas, no
ocultan su común fin último: el control del graffiti o, al menos, de
los escritores del Hip Hop, los más traviesos. Pero, igualmente,
(respiremos tranquilos) se observa la inutilidad de cualquier acción
controladora, ya que el escritor de graffiti no es ni podrá ser un
artista al uso, planteamiento de partida al que se acogen las
propuestas de integración.
No obstante, ¿es ese el verdadero peligro? Mejor dicho, ¿sería el único
peligro cara a la desarticulación de esta fantástica propuesta? Existe
en el seno del Graffiti Move lo que yo no me atrevo a calificar más que
de "protoacademización" o "institucionalización básica" (un proceso
semejante al constituido en el seno de las artes o en otros sectores
profesionales durante la transición a la sociedad capitalista), que
trata de determinar quién es legítimamente escritor de graffiti, qué
hace falta para serlo, qué es un auténtico graffiti y cómo se regula su
discurso y su forma, rompiendo en parte la frescura, espontaneidad y
libertad que caracterizaba históricamente hasta hace poco la
grafitosfera.
Quizás, la articulación de una estructura eficaz de autoafirmación y de
organización defensiva del mundo autocontenido de los escritores de
graffiti frente a la represión del sistema sea el mejor mecanismo de
autodestrucción de una propuesta subcultural, siempre y cuando se mine
la hermandad de sus componentes. Pero, quizás, la
"institucionalización", con el ejercicio de unos valores éticos
básicos, con una manera peculiar de ver el mundo, discrepante de la
oficial; con un argot y unos distintivos culturales propios, con sus
circuitos de información, encuentro e intercambio y una forma de vida
particular, con unos valores que implican más que la excentricidad, un
ethos proscrito y la oposición a todo dirigismo autoritario; sea uno de
los síntomas más evidentes de su articulación como una propuesta
contracultural. Y, sobre todo, todo esto se muestre como la prueba
patente de que el arte vive fuera del mundo oficial del arte, que está
al alcance de los no-artistas (los no-músicos, los no-bailarines, los
no-pintores... los no-expertos del arte, formados y encauzados para el
servicio del mercado oficial) y que puede alcanzar un nivel
contracultural, siempre y cuando se libere del discurso cultural,
escape del ecosistema artístico. El escritor de graffiti libera al arte
de la prostitución, evidencia que el hombre puede asumir su entidad
como artista sin tener que adoptar a la vez el papel de un chulo que se
vende a su vez.
Sin embargo, me gustaría que esta sesión se centrase en el graffiti y
en toda aquella otra modalidad discursiva realizada en espacios
públicos, marginando aún más las clandestinas tipologías ceñidas a los
espacios privados. Así, la calle debería de ser el marco de nuestra
discusión, partiendo del adoquín hasta llegar al aerosol. Igualmente,
quisiera que nos centrásemos visualmente en nuestro paisaje urbano
inmediato, para hacer más asequible el fenómeno y también por curarnos
en salud de las posibles recreaciones mediatizadas y distorsionadas de
otras realidades distantes sobre las que no hemos establecido un
contacto directo. En definitiva: ¿cómo percibimos la calle y las
manifestaciones que acoge? y ¿cómo se muestran a través de los medios
de comunicación esa misma calle y esas mismas manifestaciones?
Ponencia presentada y leída el martes 21 en las Jornadas de Historia
del Arte Contemporáneo "1968-1998: 30 años de contracultura",
celebradas en el Salón de Actos de la Facultad de Bellas Artes de la
Universidad Complutense de Madrid del 20 al 23 de abril de 1998.
Fernando Figueroa
Notas 1.
DORFLES, Gillo: "Prólogo", en SILVA TÉLLEZ, Armando [1986]: Graffiti:
una ciudad imaginada. Tercer mundo editores, Bogotá, 1988: 13-16. VOLVER
2. POPPER, Frank [1980]: Arte, acción y participación. El artista y la creatividad de hoy. Akal, Madrid, 1989: 237-293. VOLVER
3. BAUDRILLARD, Jean [1972]: "Requiem for the Media", For a Critique of
the political Economy of the Sign. Telos Press, San Louis, 1981:
164-84. VOLVER
4. BENJAMIN, Walter [1936]: "La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica", Discursos interrumpidos. Planera-Agostini,
Barcelona, 1994: 17-57. VOLVER
5. VATTIMO, Gianni: "El arte de la oscilación", La sociedad transparente. Paidós, Barcelona, 1990: 133-154. VOLVER
Publicado :2007-02-27
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